621 H005.- Real Fortaleza de San Fernando de la Cortadura

Real Fortaleza de San Fernando de la Cortadura

  • Seguid gaditanos, seguid levantando esa fortaleza que es una nueva columna de la Patria. Concluidla y las edades venideras dirán: «Esta obra se hizo a presencia de las huestes enemigas, esta obra se concluyó en los mayores conflictos: ella es un eterno monumento del patriotismo de Cádiz»

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En la actualidad

Publicación en el Diario de Cádiz (06/07/2012)

Eso decía la Junta Superior de Gobierno a los gaditanos en 1810, exhortándoles a seguir aportando su trabajo y sus bienes en la defensa de la ciudad –con riesgo de sus vidas– para así levantar la que habría de ser la última gran fortificación defensiva de la ciudad de Cádiz frente al invasor francés: la Real Fortaleza de San Fernando de la Cortadura, también conocida como Castillo de la Cortadura de San Fernando. La Cortadura, para todos los gaditanos.

Y dicho y hecho. El pueblo de Cádiz siempre valiente, alegre y generoso se puso de inmediato a la labor. Según nos cuentan historiadores de la época centenares de gaditanos sin distinción de clases se presentaron voluntarios. Paisanos y militares, ricos hacendados o pobres artesanos –y hasta comunidades enteras de clérigos y curas– acudían diariamente a trabajar en las obras de la Cortadura de San Fernando, fortaleza cuya construcción se consideraba imprescindible para la salvación de Cádiz.

Porque la situación era crítica. Febrero de 1810. El ejército francés –60.000 hombres al mando de los mariscales Soult y Víctor–, se había desplegado en semicírculo en torno a la bahía de Cádiz –Chiclana, Puerto Real y el Puerto de Santamaría– para sitiar los dos únicos bastiones de la resistencia española todavía en pie frente al invasor: Cádiz y la Villa de la Real Isla de León, hoy San Fernando, entonces capital de España como sede del gobierno en funciones –Junta Central Suprema– y del Consejo de Regencia. Los franceses exigen la rendición de ambas ciudades; pero la Junta no se rinde. Los gabachos las someten a un bombardeo implacable con la artillería más sofisticada de la época: los morteros Grand, con un alcance de hasta tres kilómetros; algo extraordinario entonces, pero insuficiente para poder batir Cádiz y La Isla con eficacia.

La defensa de ambas plazas se había organizado fundamentalmente en torno a la fortaleza de San Lorenzo del Puntal y el puente de Suazo. Se hacía necesario –imprescindible para la Junta de Defensa– crear una segunda línea defensiva capaz de detener a las tropas napoleónicas en su avance hacia Cádiz en caso de que cayese La Isla. Por eso se decidió construir la fortaleza de la «Cortadura» –en términos militares una obra en paso estrecho para defenderlo–: o sea para cortar el istmo, única vía de acceso a través del arrecife entre La Isla y la ciudad de Cádiz.

Así, el proyecto original de La Cortadura –sobre una fortificación anterior, el Fuerte de los Castillejos (1721), producto a su vez de la ampliación de un fortín (1710) de la zona conocido como Garita ó Reducto de los dos mares; el Mar del Sur y el Mar de la Bahía– contemplaba cuatro baluartes; aunque finalmente sólo se construyeron tres. Dos en el frente principal –los baluartes de San José y Santa María que cerraban mediante un lienzo de muralla, con sistema de foso inundado y glacis, el acceso a Cádiz; y otros dos que se abrían hacia los flancos norte y sur con la finalidad de proteger también las zonas de la bahía y de la playa. De éstos solamente se construyó el de la playa –baluarte del Infante don Carlos o del Espigón– que en la actualidad separa las playas de la Victoria y la Cortadura. Con un problema añadido: durante la bajamar, frente al baluarte del infante don Carlos, se formaba una amplia zona de playa que permitiría tomar la fortaleza. Había pues que sembrar la playa con capas de rejas de hierro en forma de mantas. De nuevo la generosidad de los gaditanos contribuyó a resolver el problema. Arrancaron de sus casas toda clase de hierros: rejas de las ventanas, pasamanos, balaustres, cierres, etcétera y los entregaron para el “minado” de aquella playa.

Hasta aquí la singular historia de la fortaleza y la heroica y generosa contribución –única en el mundo– del pueblo de Cádiz a su construcción. Incluida la lápida conmemorativa –grabada con la frase literal de agradecimiento de la Junta a los gaditanos en 1810– que un siglo después ordenara colocar sobre el baluarte de San José el entonces alcalde de Cádiz, Cayetano del Toro, con ocasión del primer centenario de las Cortes y Sitio de Cádiz.

Sin embargo, la situación actual de la fortaleza de la Cortadura de San Fernando no es para tirar cohetes. Lo que no lograron las tropas napoleónicas, ni su asedio, ni sus bombas lo ha conseguido el “progreso”. Primero fue el tráfico rodado y la necesidad de nuevas comunicaciones. Resultado: por los años 40 el frente principal de la fortaleza se rompió en dos para que atravesara su muralla la carretera nacional Cádiz- San Fernando y con ella la placa conmemorativa colocada por el alcalde del Toro. Una nueva lápida de mármol –repuesta en 1970– reproduce literalmente el texto original y se vuelve a colocar en el lateral oeste del baluarte de San José. Todavía sigue intacta. Después, la ignorancia, la desidia, el olvido y el abandono de sucesivos gobiernos –imperdonables en quienes deberían velar por la conservación y mantenimiento de la fortaleza, sean quienes sean sus responsables: Estado, Junta o Ayuntamiento, o todos a la vez– han continuado su inexorable labor de zapa. Finalmente el vandalismo y el saqueo de unos cuantos sinvergüenzas robando literalmente la piedra ostionera de sus murallas, o inundándolas con pintadas y basuras han dado la puntilla a un monumento histórico artístico de primerísima magnitud. Bien de Interés Cultural especialmente protegido del Patrimonio Histórico Español, con reconocimiento especial como castillo por la Junta de Andalucía en 1993 e inscrito en su Patrimonio Inmueble.

Esto es lo que hay de la Real Fortaleza de San Fernando de la Cortadura en los fastos del 2012, Bicentenario de La Pepa. Nada. Así se premia a los gaditanos que con su heroísmo, esfuerzo y generosidad levantaron en 1810 la fortaleza, «nueva columna de la Patria y eterno monumento del patriotismo de Cádiz» en palabras de su Junta Superior de Gobierno. Aún estamos a tiempo de evitar su aniquilación.

Afortunadamente, no todo es desolación y abandono en La Cortadura. Como contrapunto, en marzo de 1978 la Dirección de Acción Social del Ejército inauguró una residencia militar intramuros del baluarte del infante don Carlos. Desde entonces sus sucesivos directores –hoy el coronel Castellón Gálvez– y su equipo de colaboradores han mimado el baluarte, luchando contra corriente por su conservación y mantenimiento, respetando y cuidando su privilegiado entorno, sin olvidar el bienestar y descanso de los residentes, objetivo prioritario de la residencia. Vaya desde aquí mi gratitud y reconocimiento a todos ellos. Desde entonces, en fin, miles de militares y nuestras familias hemos podido disfrutar de un merecido descanso en sus modélicas instalaciones, generando riqueza y puestos de trabajo para muchas familias de Cádiz. Mis saludos a Javier, el maître; a mi cicerone particular, Antonio Torrejón; a Encarni, la peluquera mejor plantada de Cádiz; y a Tamara, María Jesús, Paco siempre atentos y eficaces camareros. Etcétera.

Pero lo más importante es que a través de generaciones de residentes se han seguido estrechando los lazos fraternales que durante siglos han unido el Ejército con el pueblo y la ciudad de Cádiz, aprendiendo a respetarlos y valorarlos. Y a quererlos.

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