La guerra de los cines

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Dicen los viejos que en esta ciudad hubo una guerra (de cine)

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Crónica social del cine en San Fernando

Antonio Atienza …..  23/05/2016 19:36

Podía haber terminado donde no terminó, pero no lo hizo. Pudo no haberlo contado, pero lo contó. No era nada que no se supiera porque siempre fue del dominio público, pero no se conocían los detalles. Todos.

De hecho, los conocen los que estuvieron en la conferencia de Rafael Garófano Sánchez con el título Crónica social del cine en San Fernando que tuvo lugar en el Centro de Congresos Cortes de la Real Isla de León dentro del programa de actos organizados por la Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes por el 250 anivesario del nacimiento de la Villa, del primer ayuntamiento de La Isla.

Y los van a conocer ustedes ahora, antes de que Garófano los publique, si los publica en un libro. Pero resumiendo y tomando prestado el primer verso de la canción de la Transición, Libertad sin ira, dicen que en esta ciudad hubo una guerra. De cine.

No lo contó. Lo leyó para que no se escapara nada porque es “una novela policiaca, un guión cinematográfico que todos ustedes han vivido pero que no conocen”.

Se refería Garófano a que los presentes habían vivido la competencia entre los exhibidores de La Isla, Curro, Paquiqui, Zambrano… Que si se abre un cine, que si se cierra… “pero no tenéis la cadenita que yo os voy a enseñar”.

Esa cadenita era, obviamente, el relato propio de un doctor en Historia. O sea, los hechos contrastados y puestos sobre la mesa sobre la competencia, cuáles movimientos hicieron unos y otros competidores, en qué momentos, con qué resultados.

Y esa cadenita es “importantísima aunque parezca que es un tema comercial” porque se trataba de competencia y todo el mundo sabe que quien mejor librado sale de la competencia es el eepectador en este caso, o al menos el mejor librado sin arriesgar ni una sola peseta (entonces se paga en pesetas e incluso a media peseta la entrada).

“De esta guerra de exhibidores dependió el precio de las localidades, la calidad de las salas y el nivel de las películas. Todo el cine que vimos estaba sustentado sobre una competencia tremenda, de película”, dijo Garófano.

Con la llegada del cine sonoro llegó también hacia los años 30 la necesidad de buscar locales cerrados en los que preservar el sonido de los ruidos de la calle y en San Fernando hubo varios.

Los primeros
En la plaza de toros se montó uno que tuvo diversos nombres y arrendatarios. Hubo otro en el castillo de San Romualdo y así fueron pasando los años hasta llegar al episodio que nos ocupa, ya con la mayoría de los cines en poder de la familia Ballester y el siglo recorriendo ya su segunda mitad.

A finales de la década de los 50, a los Ballester les salió un competidor, Francisco Rodríguez Aguirre, conocido como Curro, que había hecho fortuna con la exportación de gallos de pelea a América y que “tuvo el atrevimiento de meterse a exhibidor cinematográfico, desenterrando un hacha de guerra contra la familia Ballester que terminó siendo durante muchos años una suerte para los espectadores de San Fernando”.

El Cine Marqués de Varela, conocido como el “cine de Curro”, fue el primero construido expresamente como cine en San Fernando, con una superficie de más de 1.500 metros cuadrados y con una capacidad autorizada de 1.600 espectadores”.

Con anterioridad se procuraba buscar un local y adaptarlo a las exhibiciones para contener el gasto, tanto en los de verano como en los invierno.

El estreno del cine Marqués de Varela tuvo lugar el 10 de mayo de 1958 proyectándose la película Veinte mil leguas de viaje submarino. Aún considerándose ya como el mejor cine, su escenario le permitió acoger en la Velada de aquel año las actuaciones de Manolo Caracol y Joselito. Y eso fue el broche de oro.

En el verano de 1960, Curro abrió el Cine Florida, posiblemente para abarcar otras zonas de la ciudad con un cine más pequeño y resistir la competencia de los Ballester. Estaba ubicado cerca del Cine San Carlos, propiedad de Francisco Ollero.

Los Ballester no estaban dispuestos a consentir esa expansión y ese mismo año llegaron a un acuerdo con Ollero y Ballester asumió la gestión del Cine San Carlos, “intentando por todos los medios, precios, calidad de película y guerra sucia de vecinos -decían que se proyectaban focos sobre la pantalla del contrario para dificultar la proyección- que el Cine Florida no fraguase comercialmente”.

Cuatro años más tarde, Ballester consiguió el objetivo y Curro cerró el Cine Florida en 1964, el mismo año que Ballester, ya sin competencia, cerró el Cine San Carlos.

Pero independientemente de esa derrota de Curro, el mejor cine de verano seguía siendo el Marqués de Varela “y para superar esa situación, tanto en imagen como en prestigio, la empresa Ballester comenzó la construcción, no ya del mejor cine de verano de San Fernando, sino de Andalucía y posiblemente, en su género, de España”, dijo Garófano.

Descomunal
Con la construcción del Gran Cine Madariaga “se pasó dos pueblos. Para machacar, para triunfar absolutamente, para anonadar al contrincante”.

Estaba en los terrenos de Madariaga, frente al campo de fútbol, el 15 de junio de 1961 se inauguró el Gran Cine Madariaga, con capacidad para 5.500 espectadores distribuidos en butacas, sillas y asientos de piedra artificial. Seis cuartos de aseos con agua asegurada con depósitos.

La distancia de la cabina a la pantalla era de 96 metros y la pantalla tenía 15 metros de alto por 35 de ancho, con una superficie de proyección de 15×23 metros. Se situaba en el paredón trasero de un edificio de cuatro plantas construido al efecto y el día del estreno, con la película Sube y baja, protagonizada por Cantinflas, se llenó totalmente.

Ante este gigante, Francisco Rodríguez, Curro, desplazó la guerra hacia los cines de invierno proyectando una construcción que superara al Teatro de las Cortes y el Cine Almirante. Aunque este último ya llevaba 18 años funcionando, en 1956 había renovado su proyector y su pantalla para poder proyectar películas en cinemascope.
El Cine Alameda
Curro adquirió dos fincas en la Alameda Moreno de Guerra y construyó el Cine Alameda, con la particularidad de que podía hacer las veces de cine y de teatro.

Curro, de nuevo, contaba con el cine más moderno y mejor equipado de la ciudad hasta el punto de que contaba con aire acondicionado. Fue estrenado el 12 de octubre de 1962 con la película Espartaco. Que a Curro le gustaba Kirk Douglas, vaya.

“A la empresa Ballester le tocaba mover ficha y lo hizo con fuerza. En 1965 realizó importantes obras de mejora en el Cine Almirante y en 1969 realizó una maniobra de cerco de la que era muy difícil que Curro saliera indemne”.

Compró -sigue diciendo Garófano- el Cine San Fernando, conocido como Cine Caballa, con una superficie de 6.250 espectadores y que era explotado por Manuel Serrano Paquiqui había construido y explotaba desde 1962.

“Como la competencia en ese momento era el Cine Alameda, que era de invierno, Ballester construyó un cine de invierno con el equipamiento técnico más moderno de la provincia, con pantalla curva y gigante y una máquina con la que proyectar películas de 70 milímetros”.

Fue inaugurado el 13 de octubre de 1969 y se llenaron las 1.800 localidades para ver la película Las sandalias del pescador. “No crean ustedes que esto terminó. Estaban enfrentados frente a frente con las pistolas en las cartucheras, observándose meticulosamente y aquello continuaba. En beneficio de los espectadores”, decía Garófano.

Cambio de escenario
Así siguieron los dos exhibidores hasta que a mediados de los años 70, Francisco Rodríguez realizó “una acción temeraria, construir en Sánlucar, ciudadela cinematográfica de la empresa Ballester”.

Allí construyó el cine Apolo, “una operación llamada al fracaso porque la televisión ya estaba socavando el número de espectadores, lo que provocó que tres o cuatro años después, Curro claudicase entregando el cine Apolo en arriendo a Ballester”.

La competencia comercial entre los dos exhibidores “no sólo amainó, sino que Ballester empezó a ver el peligro que supondría no tener a un contrincante pequeño y a un empresario local”. Lo que se temía era que una gran empresa de ámbito nacional le boicotease la contratación de las películas.

“La relación entre los dos empresarios pasó al entendimiento, a la colaboración y a la amistad, hasta que a mediados de los años 70 la empresa Ballester terminó asumiendo la gestión de los cines de Francisco Rodríguez haciéndose con el monopolio de la exhibición cinematográfica en San Fernando”.

En aquel momento la cartelera la componían el Cine Almirante, el Teatro de las Cortes, Cine San Fernando, Cine Alameda, Cine Madariaga y Cine Carraca. “Todo en manos de Ballester, situación que facilitó la posterior reconversión de algunas salas y su cierre. Pero igual que el gran público era historia, también comenzaba a serlo la de los pequeños empresarios locales y los cines de la empresa Ballester en San Fernando”.

De la imagen al género
Ni que decir tiene que Rafael Garófano habló de más cosas en su conferencia que comenzó con el protocolo de rigor en la Academia. Diego Moreno García, historiador y técnico de Museo  fue el encargado de presentar al conferenciante reconociendo que es uno de los historiadores a los que más lee.

Y Garófano habló de cómo el cine llegó a San Fernando en 1899, allá por los primeros días de abril, proyectándose películas que apenas duraban un par de minutos pero que eran capaces de conmover a toda una sociedad.

Habló de cómo al principio lo importante era el proyector, no la película, porque no existía el lenguaje cinematográfico y cómo la gente se emocionaba viendo el entierro del presidente de la República Francesa.

“Se emocionaban con el entierro del presidente de Francia o de cualquier otro porque lo importante es que estaban viendo las calles de París” con absoluto realismo.

Proyectó varias películas de pequeño metraje que ya dieron lugar a que en la conferencia comenzara a hablarse del inicio de diferentes géneros cinematográficos, como el de humor o el erótico y de qué manera se dividían los gustos en la población, en función de su los espectadores eran de la burguesía o del pueblo llano.

La burguesía consideraba buen cine el documental y calificaba de “mamarracho” el cine de ficción, cuando es precisamente el “mamarracho” el que da lugar al cine, la ficción, la cualidad de contar cualquier historia.

Y el paso de las proyecciones en las plazas a los lugares cerrados, y oscuros, dio que pensar a los guardianes de la moral porque era una obviedad que la oscuridad es pecaminosa por definición. En las salas de cine, claro.

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‘Un camposanto sin epitafios’

Miguel ángel lópez moreno. Autor de ‘un camposanto sin epitafios’

“Existía curiosidad por saber más del Cementerio de San Carlos”

El investigador ha dedicado tres años a descubrir la verdad del Cementerio de los Soldados, donde descansan oficialmente más de 5.700 personas

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Miguel Ángel López Moreno posa en los terrenos abandonados del Cementerio de San Carlos.

Amaya Lanceta san Fernando | Actualizado 23.05.2016 – 07:21

El patrimonio de San Fernando es ingente. Hay elementos, sin embargo, que escapan del conocimiento de los ciudadanos porque las circunstancias que se sucedieron, voluntaria e involuntariamente, llevaron a su olvido. Ocurrió con la zona de polvorines de Fadricas, cuya vinculación hasta 2001 con la Armada, había tapado su riqueza arquitectónica e histórica. En 2003 Miguel Ángel López Moreno se encargó de redescubrirla con su publicación La heredad de Fadrique. Ahora con su nuevo trabajo Un camposanto sin epitafios. Anotaciones para la Historia del Cementerio de San Carlos desvela los secretos de este lugar que el juicio popular reconoce como Cementerio de los Ingleses.

“En algún momento alguien cometió un equívoco y en lugar de refererirse a él como Cementerio de los Franceses, lo hizo como Cementerio de los Ingleses, cuando es totalmente imposible que se enterraran allí a soldados protestantes, que fueron llevados al depósito general de Casa Alta, aunque se reservó para ellos una parcela amurallada ya que eran considerados herejes”, expone el investigador sobre el origen de este error, que fue repitiéndose hasta convertirse en costumbre, y a partir de entonces en una verdad asumida. Un capítulo del libro está dedicado íntegramente a la cuestión.

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El Cementerio de San Carlos, como debería llamarse por haber sido el camposanto del hospital del mismo nombre, y por supuesto por su ubicación, “en el extremo más alejado de la población de San Carlos, como establecían las normas de la época, donde los fluidos cadavéricos no se filtraran a las aguas ni las miasmas llegaran por el aire al pueblo”, surgió como lugar de enterramiento de los soldados franceses que morían en el hospital de San Carlos. Éste se había creado, para atender, como el de Segunda Aguada en Cádiz, a los prisioneros de las batallas de la Poza de Santa Isabel (en la Bahía) y de Bailén. “En 1808 se produjo el episodio de los pontones, que narra muy bien Lourdes Márquez”, ofrece como apunte el autor para hacer entender los acontecimientos en los que está envuelto el nacimiento del cementerio. Hacinados en esas cárceles flotantes y con escasas provisiones, se abrieron estas dependencias hospitalarias para cuidar a los enfermos y mejorar su salud. Quienes fallecían en el hospital isleño eran enterrados en esa parcela de la zona de La Casería.

Cuando las tropas del mariscal Victor sitiaron Cádiz y La Isla en 1810, los prisioneros del ejército napoleónico regresaron a esos barcos-cárceles. Los heridos españoles que defendían el frente contra las tropas enemigas tomaron su sitio en el hospital y, los fallecidos, en el también conocido Cementerio de los Soldados. Junto a algunos civiles, durante el siglo XIX sirvió para que descansaran los soldados que morían. “Se abandónó en 1911, concretamente el último fallecido registrado es de septiembre de ese año”, añade el historiador.

Entra a partir de entonces en la espiral del olvido, “y no es por voluntad sino por esa falta de uso”, que se explica por la reducción de la mortandad en los cuarteles,que mejoraron sus condiciones. “Económicamente es asumible enterrar a los soldados en el cementerio municipal”, reconoce Miguel Ángel López Moreno.

Su cálculo es que en el camposanto de La Casería hay algo más de 5.700 enterrados. De ellos 313, con nombres y condición militar, son franceses. Un total de 905 españoles se enterraron entre 1910 y 1812 “mientras la zona sufría el asedio francés y se debatía la Constitución”. Además, aunque no hay indicios oficiales de que allí estén los restos de republicanos fusilados entre verano del 36 y febrero del 37, sí se conocen testimonios que apuntan a este lugar. El autor así lo indica en el libro.

La relación oficial de personas enterradas viene recogida en un anexo de los Libros de Defunciones del Hospital de San Carlos, “que está a disposición del público en la Vicaría General Castrense, de lo que supe por Juan Manuel García-Cubillana”. “Pude tirar del hilo de la madeja gracias a él”, asegura, por lo que su investigación no ha sufrido grandes dificultades, más allá de tener que desplazarse para acudir a la fuente: “Han sido tres años de investigación, de consulta en los archivos locales, de ir al Viso del Marqués al Archivo Nacional de la Marina y a Madrid al Archivo del Museo Naval”.

La accesibilidad de esas fuentes contrasta con la situación previa que había observado: no había historiografía previa. “Juan Torrejón dedicó su tesis a la población de San Carlos. Juan Manuel García-Cubillana ha estudiado el hospital de San Carlos. Pero no había nada escrito de su cementerio y pensé que era interesante hacerlo si podía aportar cosas”, desvela Miguel Ángel sobre uno de los motivos que le llevó a esta aventura. La otra, entrelazada, es el interés que este espacio despierta: “Existía curiosidad por saber más del Cementerio, porque había poco conocimiento, pero erróneo”.

Parece que el investigador tiene el don de la oportunidad cuando opta por trabajar sobre un tema. Cuando comenzó a hablarse en la ciudad de los planes urbanísticos que había para los terrenos de los polvorines de Fadricas, López Moreno había escrito un libro sobre este espacio e insistió en su valor para defender la necesidad de conservarlo. Ahora vuelve a señalar otro sitio histórico de la ciudad al que hay que mirar para que no se pierda, y a punto ha estado por la caída de parte de sus muros. No sólo eso, “hay un trato implícito, el militar pone su tiempo, se aleja de su casa , ofrece su esfuerzo y a cambio se le reserva un sitio donde descansar para siempre. No se está cumpliendo”, advierte.

Su trabajo para que la memoria no se olvide quedará para siempre en el papel de Un camposanto sin epitafios, una obra que el mismo se ha editado. “Hubo la posibilidad de tener la ayuda del Ayuntamiento, pero no me gustaba la idea de utilizar dinero público”.

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Cementerio de San Carlos (de los Ingleses)

SAN FERNANDO

El Cementerio de San Carlos persiste en su ruinosa imagen tras las obras

  • La intervención llevada a cabo apenas se nota dado el deterioro del conjunto, que precisa de una rehabilitación integral
  • Los restos del muro que se vino abajo en enero siguen en el suelo

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Restos del muro que se vino abajo en el pasado mes de enero en el Cementerio de los Ingleses (o de San Carlos).

Arturo Rivera san Fernando | Actualizado 25.05.2016 – 01:00

Los trabajos llevados a cabo en el Cementerio de los Ingleses -o de San Carlos, que es la denominación más correcta aunque menos conocida- ya han terminado, aunque desde luego no lo parece. El recinto, catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC) desde 2012 al considerarse parte del legado de Las Cortes y de la Constitución de 1812, mantiene el mismo aspecto desolador que hace cinco meses, cuando se vino abajo uno de los muros perimetrales dado su mal estado de conservación.

Paradójicamente, este suceso -que llevó incluso a que los bomberos intervinieran y acordonaran la zona dada la falta de seguridad de la construcción- puso de manifiesto la situación de total abandono del histórico cementerio a pesar de su elevado grado de protección y de su catalogación como BIC. Y llevó incluso a que desde el Ayuntamiento se pidiera a Defensa que tomara cartas en el asunto al ser la propietaria de los terrenos. Pero el muro que motivó esta intervención posterior no se ha reconstruido. Sus restos siguen esparcidos en el suelo de La Casería junto al ruinoso estado que muestra el resto del recinto. El panorama poco ha cambiado. La actuación que se ha llevado a cabo apenas ha sido perceptible: un presupuesto inicial de 7.000 euros y unos cuantos días de trabajo frente a una rehabilitación integral que, probablemente, implica un coste millonario y que, por la misma razón, se torna prácticamente imposible de llevar a cabo. Por eso preocupa cada vez más la conservación de este conjunto levantado en 1809, que está verdaderamente amenazada.

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Ruinoso estado que presenta el conjunto.

Es cierto que el requerimiento lanzado desde el Ayuntamiento después de que se viniera abajo el muro perimetral el pasado mes de enero y siguiendo el procedimiento administrativo habitual en este tipo de casos -previa inspección de los técnicos del Área municipal de Desarrollo Urbano- se limitaba a reclamar a la propiedad que adoptara las medidas oportunas para restablecer la seguridad de un recinto que, cabe recordar, tuvo que ser acordonado por los bomberos para alertar del riesgo que suponía adentrarse por las ruinas. Y también que el Instituto de Vivienda, Infraestructura y Equipamiento de Defensa (Invied) había notificado que la actuación que se iba a llevar a cabo en este BIC se limitaban a labores de consolidación en sillares y paramentos para evitar que su proceso de degradación avanzara y se dieran nuevos derribos. De ahí el reducido presupuesto con el que han contado los trabajos.

Nadie -ninguna administración- había dicho nunca lo contrario. Se trataba de una intervención menor dada la urgencia de la situación. Pero el resultado de la actuación ha dejado serias dudas acerca de la conservación de este inmueble dado que apenas se han registrado avances ni con los trabajos llevados a cabo ni con las gestiones de los últimos meses.

En plena polémica tras la caída del muro perimetral, el gobierno municipal aprovechó para recordar a Costas el viejo proyecto para la regeneración de la playa de La Casería, una de las asignaturas pendientes históricas que arrastra La Isla que incluye la recuperación del conjunto histórico del Cementerio de San Carlos, que se pensaba transformar en un parque que remataría el paseo marítimo proyectado por toda la zona. Esta actuación cuenta con un proyecto redactado desde el año 2005 aunque nunca ha sido incluida en los Presupuestos Generales del Estado. Requiere además que antes de iniciar las obras se lleve a cabo un proceso administrativo similar al que se llevó a cabo con el Castillo de Sancti Petri, para que los terrenos de Defensa sean desafectados y pasen a titularidad de Costas.

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