631 H003.1.- Castaños, la gloria de Bailén

Castaños, la gloria de Bailén (19 julio 1808) y la derrota de Tudela  (23 noviembre 1808).

Batalla de Tudela, donde participó el General Castaños. Óleo sobre lienzo de January Suchodolskia, 1827, Museo Nacional de Varsovia.

Con sus huestes vencedoras llegó Castaños a Madrid, el 23 de agosto de 1808, donde la junta Central le encomendó el mando del Ejército del Centro y la coordinación -no el mando único- del conjunto de todas las fuerzas.

Esa carencia de mando único, la falta de comunicación, la excesiva obediencia de Castaños a la ineficaz junta Central y las envidias y rencillas -“entre los españoles reinaban discordias y malas pasiones, origen de la ruina de los ejércitos- al parecer de muchos, fueron las principales causas de las continuas derrotas de Zornoza (31-X-1808), Gamonal (10-XI-1808), Espinosa de los Monteros (11-XI-1808) y, el 23 de noviembre, de Tudela, batalla esta última en la que los mariscales Lannes y Ney batieron las fuerzas mandadas por Castaños, quien logró evitar el desastre completo con una hábil retirada.

Sometido Castaños a un Consejo de Guerra por la derrota de Tudela, fue desterrado a Algeciras, pero declarado exento de culpa, se le confió el cargo de miembro de la primera Regencia constituida en Cádiz en mayo de 1810. Al instituirse la segunda Regencia, en enero de 1811, cesó en su anterior destino y se le encomendó la jefatura del 5° Ejército de Extremadura y Castilla. De esta época data su amistad con el duque de Wellington -ya famoso por sus victorias en las batallas de Vimeiro, Talavera y Busaco- con quien colaboraría estrechamente, pero no hasta el extremo de -como afirma el historiador británico Charles Oman, en su History of the Peninsular War-, ofrecerle el trono de España si abrazaba la religión católica. Por propia iniciativa, Castaños se entrevistó con Wellington en Lisboa y, posteriormente, instaló su cuartel general cerca de Olivenza, ocupada por los franceses.

Reconquistada Olivenza por los soldados de Castaños y de William Beresford, se emprendió el asedio a Badajoz, pero tuvo que suspenderse por aproximarse con 25.000 hombres el mariscal Soult en auxilio de los sitiados. Y como el francés trataba de unirse al ejército del mariscal Marmont, que operaba al norte, se acordó unir a los 16.000 británicos y portugueses de Beresford, los 5.000 de Castaños y otros 8.000 que el español Blake trajo desde Cádiz. Resultado de aquella cooperación británico-hispano-portuguesa fue la cruenta victoria de Albuera (16-V-1811), en la que los proyectos de Soult fueron deshechos. La Batalla de Albuera marcó un cambio de tendencia en la guerra contra el francés. Tras las seguidas derrotas de Somosierra, Uclés, Belchite, Almonacid, Ocacia y Alba de Tormes, parecía que los ejércitos de España, con la ayuda británica, adquirían una mayor eficacia.

Situado Castaños en Valencia de Alcántara, dirigió desde allí una serie de operaciones en Extremadura, entre las que destacó la efectuada en octubre de 1811 -con la colaboración del general británico J. Hill- en Arroyo Molinos, causando a los napoleónicos 500 bajas y capturando más de 1.400 prisioneros. En abril de 1812, participó en la toma de Badajoz y el 18 de agosto reconquistó Astorga. Castaños no estuvo presente en la Batalla de Los Arapiles (22-7-1812), pero contribuyó al gran triunfo de Wellington con la aportación de un contingente de 3.500 infantes de su 5º Ejército.

Nombrado Wellington generalísimo de todos los Ejércitos aliados en la Península, las relaciones entre él y Castaños se consolidaron “si bien no de modo tan señalado como correspondía al prestigio de su persona”. Básicamente, el general español cooperaba en apoyo y seguridad de los flancos, de la retaguardia y de las comunicaciones de las fuerzas mandadas por Wellington. En la Batalla de Vitoria (21-6-1813), tres divisiones del 5° Ejército de Castaños -una de ellas, mandada por el eficiente general Pablo Morillo– combatieron junto a los soldados de Wellington. Sin embargo, la ausencia de Castaños en “las partes más avanzadas de la zona de operaciones” parece que motivó que la cuarta Regencia decretara su cese como jefe del 5° Ejército, para que desempeñase sus funciones en el Consejo de Estado.

Aquel injusto cese era una consecuencia más de la ya iniciada lucha entre serviles y liberales. Estos últimos eran conscientes de la oposición de Wellington a la Constitución y a la Cortes y hubieran deseado desprestigiarlo pero, como eso estaba fuera de su alcance, hostigaron como víctima propiciatoria al “modesto Castaños que merecía la confianza de Wellington”. Y así tuvo que pasar el vencedor de Bailén por el disgusto de contemplar “cómo algunas de sus divisiones entraban en territorio francés mientras él se veía reducido al desairado papel de un cargo sedentario”.

Como comandante supremo de los ejércitos aliados, Wellington protestó enérgicamente por no haber sido consultado sobre el cese de su amigo Castaños, protesta que quedó en puro formulismo. Pero quizá, involuntariamente, el general británico fuera también culpable, porque, si bien le apreciaba, hizo cuanto pudo para alejarle y así impedirle que fiscalizase sus decisiones y compartiera unas migajas de su gloria.

Al llegar Fernando VII a Madrid, el 13 de mayo de 1814, Castaños fue confirmado como consejero de Estado, pero tras la evasión de Napoleón de la isla de Elba, tomó el mando de las fuerzas españolas que se adentraron en Francia hasta Perpiñán y, derrotado el gran Corso en Waterloo, fue nombrado capitán general de Cataluña.

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