620 H013.- Cádiz y La Isla (y III)

CÁDIZ Y LA ISLA: EL FRACASO DE NAPOLEÓN;
LA ISLA Y CÁDIZ: EL ÉXITO DE ALBURQUERQUE

  • “España me arruina. José es incapaz de dominar el país. Los mariscales que combaten allí, Soult y Mortier, no consiguen más que victorias pasajeras. ¿Tendré que ponerme de nuevo al frente de los ejércitos de España?” Napoleón.

Y comienza el sitio.

Unos para atacar con el objetivo de tomar la ciudad. Otros para defenderla. Un admirado y querido colega nos plugo a todos hace unos meses con los detalles y pormenores de los sitiadores. A mí, por el contrario, me toca hablar de los sitiados. El 9 de febrero hubo un intento francés de atacar el puente, pero las baterías del Portazgo y aledañas lo impidieron. Probablemente no tuvo más importancia que la de una escaramuza, pero lo cierto es que entonces comprendieron los imperiales que la toma de Cádiz no sería tarea fácil.

El 6 de marzo se desencadenó un formidable temporal que duró varios días y unos cuantos navíos quedaron a la deriva por la Bahía siendo cañoneados por la artillería costera. Los prisioneros franceses en las bodegas de estos buques aprendieron la lección que tuvieron ocasión de ponerla en práctica a mediados de mayo en que se repitió el huracán lo que aprovecharon los prisioneros del navío Castilla sorprendiendo a los guardianes, soltando amarras y embarrancando en las costas de

El Puerto de Santa María donde fueron acogidos con el júbilo consiguiente. A raíz de esto la Regencia dispuso que los restantes prisioneros fueran conducidos a la isla de Cabrera, muy vigilada por los ingleses.

En los navíos Terrible primero y Castilla después fue encarcelado el oficial boticario Sebastien Blaze de Bury, quien deja constancia en sus memorias de una de las páginas más negras y vergonzosas de la guerra: «Cada día nos daban una ración de pan y una escudilla de habas secas con arroz, cuando había a bordo. Pero a menudo faltaba el pan, las legumbres y el agua, de manera que pocas veces recibíamos lo prometido. Durante mi estancia en el Terrible nos faltó el agua en dos ocasiones durante cinco días seguidos. Tan sólo teníamos pan, alimento que no puede satisfacer una necesidad sin agravar otras. Algo de paja en la boca ayudaba a soportar las angustias de la sed, aún más espantosas que las del hambre».

Durante el mes de marzo se acentúan las divergencias entre la Junta de Cádiz y el duque de Alburquerque, por lo que a finales de ese mes, la Regencia, para evitar males mayores, decidió enviar al duque, como dijimos anteriormente, a Londres, siendo sustituido en el mando del ejército de la Isla por el general D. Joaquín Blake. Podría parecer que dos años y medio encerrados en este pequeño rincón no dan para mucho, excepto para aburrirse. Pero no fue así; nada de eso. En primer lugar porque las bombas que tiraban los fanfarrones no dejaban lugar al descuido. Por otro lado el hacinamiento, la aglomeración, eran excesivos; la vida había que hacerla en la calle. ¡Y vaya si se hizo vida social! La estancia del Gobierno, de la Junta, de la Regencia, de los diputados, de los funcionarios y dependencias ministeriales, etc. era atractivo suficiente para que unido esto a los soldados de los distintos cuerpos y armas, a los voluntarios, a los ingleses y portugueses, a los comentarios de las novedades diarias así de la guerra como de la política, daban colorido sobrado y distracción suficiente a los ciudadanos de Cádiz y la Isla.

Los regidores y comisionados locales no daban abasto para encontrar alojamiento a tan altas dignidades, para buscar y cocer pan al enorme número de personas aquí

aglomeradas, para buscar armas, caballerías, pólvora, madera y tantos otros productos que, a pesar de los suministros que se proveían por mar, el bloqueo impedía disponer con normalidad.

Las operaciones militares se limitaban a estorbar a los franceses en la otra orilla de la Bahía. De ello se encargaban las fuerzas sutiles mandadas por D. Cayetano Valdés y por D. Juan Topete. El brigadier Alvear, lo hacía por tierra. De distraer y dispersar a las tropas francesas se encargaron fundamentalmente los generales Lacy, Zayas, Lardizábal y Copóns, a veces auxiliados por fuerzas exteriores al sitio como las del general Ballesteros, las del brigadier Serrano Valdenebro o las del coronel Abadía. Para cumplir dichos objetivos, fueron mandados unos u otros tanto hacia el Este como al Oeste. En el condado de Niebla se consiguió, además de hostigar al enemigo, unir al ejército, recaudar caudales y liberar las comunicaciones entre tierra y la costa.

En junio del 11 se organizó una expedición a Ronda vía Algeciras.

El 22 de abril del 10, los franceses, al mando del mariscal Víctor, toman Matagorda, castillo no lejos de la costa del caño del Trocadero; los ingleses, lo defendieron tenazmente y sólo lo evacuaron en ruinas. Este castillo, alzado en la marisma, junto con los de San Luis y San José, situados en las tierras de la península del Trocadero, fueron los puntos más avanzados a los que pudieron llegar los sitiadores frente a Cádiz.

En septiembre de este mismo año 1810, poco después de instaladas las Cortes, D. Luis Lacy verificó una salida más allá del puente Suazo destruyendo algunas obras

del enemigo y siendo la única operación notable en la isla gaditana practicada por el ejército hasta finales de 1810. Fue la llamada batalla del Portazgo.

Veamos a modo ejemplo el parte de operaciones del 4º ejército en que el general Lapeña avisa al también general Lacy sobre ciertas noticias de proyectos del enemigo

en la línea del bloqueo de la Isla de León. Dice así: 1º Las miras del enemigo son abordar nuestras lanchas situadas en la Cantera y su dirección para esta empresa será

por el caño que sale del Molino de Guerra a la Casería en marea viva; y en el caso de no poder por dicho punto será por la Marquilla de Puerto Real. // 2º Téngase particular cuidado que, en el momento de cualesquiera ataque, no sea falso sobre las lanchas y verdadero a la Carraca por la boca chica. // 3º Que se cuide mucho de las salinas sobre cuyos puntos piensa el enemigo más que nunca, etc.

La cantidad de documentos sobre los partes diarios de las intervenciones, planes de defensa y ataque, fortificaciones y espionaje ejercitado sobre el enemigo son innumerables y los estamos recopilando para publicar un próximo trabajo y estudio sobre estas operaciones.

El 26 de octubre de 1810 ocurrió un hecho de trascendental importancia que afectó a la moral de las tropas francesas que sitiaban Cádiz y la Isla: la muerte violenta del general de artillería Alejandro Antonio Hureau, barón de Senarmont, quien junto con otros dos oficiales, el coronel Dejennes y el capitán Pirondelle fueron abatidos cuando se encontraban inspeccionando el fuerte de San Cristóbal, frente al castillo de Sancti Petri, por una bala de cañón disparada desde la batería de Urrutia situada al otro lado del caño. La bala decapitó al general e hirió de muerte a los dos oficiales a quienes se le hicieron honores de guerra en la ermita de Santa Ana, donde se instalaba el cuartel general del ejército francés. Del general dijeron los franceses: «Murió ese hombre, orgullo del hombre».

El 29 de enero de 1811 D. Antonio Begines de los Ríos al mando de la 1ª división del 4º ejército, rechaza a los franceses en Medina Sidonia, auxiliado por el mayor inglés Brown, gobernador de Tarifa, el cual apoyó la maniobra avanzando hacia Casas Viejas. En febrero de este año, el mariscal Soult se había llevado un número considerable de efectivos al frente portugués y Victor se mostraba lógicamente inquieto al quedar bastante desprotegido ya que en el supuesto de un ataque por retaguardia sólo podría contar con la ayuda de Sebastiani, también bastante disminuido por la misma razón que su colega, y a varias jornadas de marcha. La guarnición defensora, por el contrario, había aumentado considerablemente con las tropas de Copóns regresadas de Portugal y los ocho batallones y medio de tropas escogidas del general Graham incluyendo dos escuadrones de Húsares de la Real Legión Alemana.

El 5 de marzo un ejército angloespañol al mando del general Lapeña, se enfrenta a las tropas francesas en los pinares de la Barrosa, con victoria inaprovechada de los nuestros que hubiera supuesto el levantamiento del sitio, pero quedando a la postre las cosas como estaban. Las causas fueron el mal entendimiento de los generales Lapeña y Graham. Desgraciadamente, el desarrollo y detalles de esta importante batalla no tienen su tiempo en una conferencia como la que hoy nos ocupa.

Al día siguiente 6 de marzo, aprovechando el desconcierto francés, las fuerzas sutiles del almirante Valdés con ayuda de los ingleses, desembarcan en El Puerto de Santa María con el único objetivo de incordiar al enemigo y destruir instalaciones militares.Para resarcirse de la derrota de Chiclana, el mariscal Victor mandó intensificar los bombardeos sobre Cádiz. De ello se encargaron los generales Dedón y Ruty y el coronel Vilantroys quienes finalmente no consiguieron los efectos deseados, conformándose con el deterioro moral que dichos bombardeos podría causar entre la población civil de las plazas sitiadas, contestando los gaditanos, más que con el miedo, con coplillas jocosas y chispeantes. Años después, un capitán de artillería dijo mostrando una de las granadas lanzadas sobre Cádiz: «Con esta clase de piezas quisieron los franceses bombardear Cádiz y sólo lograron hacer… mucho ruido».

Y como de lo que se trataba era de mantener al ejército francés ocupado lo más lejos posible de la línea del sitio, la Regencia decidió enviar una expedición de

diversión a la desembocadura del río Tinto, de lo que se encargó el general Zayas. Dicha operación, que también tenía por objeto distraer fuerzas, aunque por entonces se desconocía la pérdida de la plaza de Badajoz, sometida a sitio durante largos meses. Esta operación no tuvo el éxito que hubiera sido de desear, debido a la descoordinación entre dicho general Zayas y el general Ballesteros.

El 20 de diciembre de 1811, los franceses, a las órdenes del general Leval, obligan al general Copóns a meterse dentro de Tarifa, comenzando las labores de sitio a dicha ciudad. Un cruento y difícil enfrentamiento que duró hasta el 5 de enero en que Victor, vencido por la imposibilidad de romper brecha y por las inclemencias del

tiempo, ordenó la retirada. La gesta de Tarifa y de Copóns fue recibida con alborozo en Cádiz.

El 1 de junio del 1812 se produce la acción de Bornos en la que el general Ballesteros vadeó el Guadalete y acometió a los franceses en Bornos mismo. D. Francisco Ballesteros se encargó durante todo el tiempo del sitio de molestar a los franceses a lo largo de la serranía de Ronda, lo que tuvo ocupada a una gran parte de

las fuerzas enemigas. Y si todo empezó en Ocaña, podemos decir que terminó en Ciudad Rodrigo, con la batalla de los Arapiles en que lord Wellington vence al mariscal Marmont. Ello obliga al rey José a abandonar Madrid y los franceses comienzan en agosto a levantar el sitio de Cádiz que lo abandonan, tras dos años y medio de bloqueo, el 25 de ese mes. Soult y Victor, mariscales de fama y prestigio, abandonaron sus aviesas intenciones, liaron sus petates y enseñaron sus espaldas a los defensores, sin haber pisado suelo gaditano.

Entre tanto, bajo las bombas enemigas, a pesar de las calamidades, hacinamiento, enfermedades y todo tipo de penalidades, en nuestra tierra se nombró un Consejo de

Regencia y se convocaron Cortes que se instalaron, entre el alborozo popular y la alegría general, en nuestro pueblo.

Las Cortes declararon la constitución legítima de las mismas y la soberanía nacional, la separación de los tres poderes, la libertad política de la imprenta, prohibieron las vejaciones y torturas, decretaron la libertad de comercio, incorporaron los señoríos jurisdiccionales a la nación, abolieron los privilegios, suprimieron la pena de horca, proclamaron indultos civiles y militares, abolieron el tribunal de la Inquisición, y tantas otras órdenes y decretos que llenaron de dignidad, inteligencia y

legalidad a las Cortes de Cádiz

Por su parte, el capítulo I de la Constitución decía que la Nación española es la reunión de todos los españoles, que es libre e independiente y que no puede

pertenecer a ninguna familia ni persona, así como que está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los derechos

legítimos de los individuos que la componen.

No sólo se dictaron leyes y se aprobó y promulgó, por primera vez en España, una constitución, sino que tras los aciagos acontecimientos que contábamos al principio, los españoles se sintieron libres, no sólo de los franceses, sino también de las ataduras serviles del pasado. ¡Y hay quien pone en tela de juicio el valor de las Cortes de Cádiz, del trabajo realizado en Cádiz y la Isla en la formación de la Nación y de la España Contemporánea! Esta otra historia, sin embargo, si las autoridades

competentes lo estiman oportuno, tendrá cabida, como dijimos al principio, en otro momento.

Volviendo a nuestro titular, diremos que el joven general, ya difunto, no pudo ver la culminación de su obra de defensa de la Isla, de Cádiz y de España porque la

envidia, la desesperación y la enfermedad se lo impidieron. El fracaso de Napoleón frente a Cádiz comenzó con los aciertos de Alburquerque en la Isla dos años y medio antes. Ahora sí que podríamos decir: “Aquí estuvo aquel hombre, orgullo del hombre”.

Para terminar, permítanme una pequeña licencia poética: Como la gente de la Isla es bien nacida,
parida entre la sal y el sol, entre caños y salinas, entre vientos y mareas, entre baupreses y candrais, entre caracolas y sirenas escuchando siempre el son de la ola besando la arenano me cabe duda que tarde o temprano sabrá reconocer la importante y heroica gesta de un general honrado y valiente que salvó a España del tirano de Europa. Este fue don José María de la Cueva y de la Cerda, XIV¨ duque de Alburquerque.

San Fernando, a 20 de enero de 2009.

Jaime Aragón Gómez,

Historiador.

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