621 H015.- Castillo de Matagorda

PUERTO REAL
Ruinas del castillo de Matagorda

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Restos del antiguo castillo de Matagorda

La toma del castillo de Matagorda

  • El 21 de abril de 1810, las fuerzas imperiales francesas iniciaron el definitivo ataque al fuerte de Matagorda ·
  • Este pequeño baluarte defendido por soldados británicos resistió heroicamente durante dos meses

M. J. Izco/ F. Espinosa | Actualizado 18.04.2010 – 16:33

En estas fechas en las que se acercan las diferentes celebraciones en torno al Bicentenario de las Cortes en San Fernando y Cádiz, o se relatan las bondades de la Batalla de Chiclana, parece como si el papel de Puerto Real dentro de los importantes sucesos que acaecieron en la bahía gaditana entre 1810 y 1812 careciera de valor. Y nada más lejos de la realidad.
Los puertorrealeños sufrieron el acoso y la dominación por parte de las tropas imperiales francesas durante algo más de dos años y medio, dejando tras de sí una localidad casi derruida y arruinada desde un punto de vista económico y poblacional, tardando décadas en poder recuperarse. Pero además, importantes episodios del Sitio de Cádiz tuvieron lugar en tierras de esta localidad, sin que se les haya prestado la oportuna atención, caso de la captura de la flotilla del Almirante Rosilly en junio de 1808 o las continuas escaramuzas y enfrentamientos que tuvieron lugar entre españoles y franceses a este lado del puente de Zuazo a partir de febrero de 1810, sucesos que tuvieron lugar casi todos en tierras y aguas puertorrealeñas ya que, tras el fracasado intento francés de cruzar dicho puente, las tropas españolas los hicieron replegarse hasta las inmediaciones del actual Barrio Jarana y del molino de Ossio, alcanzando los españoles posiciones alrededor de lo que actualmente es el polígono de Tres Caminos (algunas de esas baterías se conservan hoy en día), y manteniéndose estas posiciones durante el asedio.
Pero además hay una serie de hechos bélicos de especial relevancia para el fallido Sitio de Cádiz que han pasado casi desapercibidos. Nos referimos a los relativos a la toma de Matagorda, sucesos que son fundamentales para entender la resistencia gaditana en aquellos primeros días de debilidad e incertidumbre, y que dieron un tiempo vital a las tropas españolas, con la importante colaboración de los aliados ingleses, para reconstruir las defensas de la isla gaditana, impidiendo cualquier intento de aproximación de las tropas imperiales.
El 4 de febrero de 1810, la avanzadilla de la caballería francesa llega a Puerto Real, encontrando un pueblo casi abandonado y el camino despejado para llegar hasta la Isla de León. Ese mismo día se envían tropas de reconocimiento al Trocadero, poniéndose guarnición en los puntos más importantes, como el castillo de Matagorda y el de San Luis. El fuerte de Matagorda estaba abandonado y derruido en la cara que daba al mar, ya que había sido deliberadamente destruido por las tropas aliadas unos días antes.
El exceso de confianza francés en la pronta rendición de Cádiz y una hábil decisión del mando aliado, en particular del General británico William Stewart (quien, al llegar a Cádiz se sorprende del abandono de tan importante plaza, ordenando su inmediata recuperación) hacen que la situación de un importante giro. Aprovechando la oscuridad y el despropósito francés, un contingente de 88 soldados británicos bajo el mando del Capitán Archibald Maclaine, del regimiento 94 de infantería, cruza la bahía durante la noche del 21 de febrero y toma con facilidad el fuerte, colocando varias piezas de artillería desde las que, con el apoyo de las fuerzas sutiles españolas surtas en la Bahía, se podía controlar con facilidad los alrededores e impedir el acercamiento de las tropas francesas. Este hecho alentaría a los gaditanos y debió irritar sobremanera a los franceses, que veían cómo el exceso de confianza retrasaría sus planes, teniendo ahora que emplear gran cantidad de recursos (y vidas) en recuperar este enclave.
Durante dos meses, las tropas inglesas, con el apoyo de las españolas e incluso portuguesas, fueron aumentando las defensas del fuerte de Matagorda, hasta llegar a una dotación de unos 150 hombres más las embarcaciones que desde aguas de la bahía defendían el baluarte. Pero también los franceses fueron construyendo en ese tiempo y en secreto un importante conjunto de baterías de artillería frente al fuerte con el solo objetivo de tomarlo cuanto antes, sabedores de que el tiempo jugaba en su contra.
La importancia de controlar el castillo de Matagorda radicaba fundamentalmente en la situación privilegiada que éste ocupaba dentro de la bahía gaditana, un lugar donde se controlaba el tráfico marítimo hacia el interior de la bahía, enfrentado al castillo de Puntales, e igualmente desde él se podía vigilar la entrada de embarcaciones por el caño del Trocadero hacia la villa de Puerto Real. Además, los franceses contaban con poder alcanzar con sus piezas de artillería el centro de la ciudad de Cádiz una vez ocupada la zona de Matagorda (era el punto más cercano a la ciudad desde este otro lado de la bahía), minando con ello la moral de los gaditanos y tratando así de conseguir su ansiada rendición.
El definitivo ataque francés
A poco que se analicen las fuerzas de los dos contingentes en este episodio militar se puede observar la gran desigualdad de ambas. De un lado las fuerzas aliadas se limitaban a la guarnición británica del castillo, formada por 147 hombres, a los que habría que sumar algo más de 600 que formaban parte de la flotilla de lanchas cañoneras y el navío de 74 cañones San Francisco de Paula, (gobernado por el teniente inglés Thomas Taplen) que apoyaban desde el mar la defensa del baluarte, es decir, los defensores del castillo apenas llegaron a los 800 efectivos. Por su parte el Mariscal Victor disponía de un contingente superior a los 8.000 hombres para iniciar el ataque.
A las 2 de la mañana del 21 de abril comenzó el bombardeo de la artillería francesa sobre el castillo, centrándose este primer ataque especialmente la flota que ofrecía su apoyo a Matagorda, tanto el navío San Francisco de Paula como el resto de embarcaciones sutiles, tratando de dejar desprotegido el baluarte, lo cual consiguieron en poco más de una hora, pues ya a las 3 y media la bala roja ocasionó gran daño en estas embarcaciones que debieron de emprender la huida.
Desde el castillo de Matagorda se esperó al amanecer para comenzar la respuesta, consiguiéndose en un principio un notable número de aciertos gracias a la gran pericia del teniente Brereton de la Artillería Real; pero a pesar de esta esperanzadora respuesta de las tropas aliadas la supremacía numérica de los franceses hacía casi imposible mantener la plaza. Las primeras bombas incendiarias cayeron sobre los cobertizos formados para el alojamiento de los soldados, teniendo que ser apagado el fuego por trabajadores españoles que también se alojaban en el fuerte.
Al amanecer del día 21 el fuerte aparecía como una completa ruina. El mismo General Graham sale a las 11 de la mañana desde Puntales con destino hacia el fuerte, encontrando ya entonces al castillo “hecho un montón de ruinas”. A medio día el fuerte se había quedado sin munición, contabilizándose ya a esa hora 8 muertos y 19 heridos entre los defensores del castillo. Durante el día el fuego llegó a momentos de gran violencia, disminuyendo al atardecer, siendo entonces el momento de curar a los heridos y reparar en lo posible las maltrechas defensas. Aquella noche transcurrió tranquila, se pudieron reparar algunas de las defensas que habían reventado, se recibieron nuevos suministros y se atendieron a los enfermos, aunque la tranquilidad fue efímera y a las 6 de la mañana del 22 de abril se reanudó el fuego de los artilleros franceses y al parecer con más virulencia que el día anterior.
La derrota era una realidad más que segura, sólo cuestión de tiempo, tanto que el mismo Maclaine empieza a planear su salida y la destrucción de las piezas de artillería. Finalmente la evacuación tuvo lugar a las 10 de la mañana del día 22 de abril. Desde el navío Atlas se enviaron algunos botes para recoger a los exhaustos hombres, mientras el Capitán Stackpole de la Marina Real fue el designado para la destrucción del reducto fortificado y aquellas piezas de artillería que no pudieran ser transportadas en las embarcaciones, previamente habían sido colocadas varias minas, supervisadas por el Capitán Landmann de los ingenieros. A pesar de estos trabajos encaminados a la completa voladura del castillo únicamente explotó una de las minas, provocando parcialmente la destrucción del fuerte.
Los soldados, tras mantener todavía en el mar varias escaramuzas con los franceses, fueron transportados desde los botes a bordo del Invincible, navío desde donde fueron al fin trasladados a la ciudad de Cádiz. De esta manera el fuerte de Matagorda conseguía ser retomado por los franceses en la jornada del 22 de abril. Con la recuperación del fuerte y el control absoluto de esta orilla de la bahía las tropas imperiales comenzaron pocas semanas después su deseado bombardeo a Cádiz, utilizando para ello los innovadores cañones obuses a la Villantroys, aunque, afortunadamente para la ciudad, no con los resultados que los militares galos deseaban.
La defensa del castillo de Matagorda se convierte así en un hecho singular ya que por primera y única vez en la Guerra de Independencia española un reducto fortificado es defendido casi exclusivamente por tropas británicas frente al enemigo napoleónico.
La heroína de Matagorda
A nivel local apenas contábamos con figuras conocidas por su heroicidad frente al enemigo francés y menos aún sabíamos de la existencia de una mujer que con su valiente actitud se significara en un hecho de armas en el territorio puertorrealeño durante la Guerra de Independencia. Sin embargo la defensa de Matagorda nos proporciona un nombre, el de la escocesa Agnes Reston, conocida a partir de entonces con el sobrenombre de La heroína de Matagorda. Agnes embarca con su hijo pequeño de cuatro años y junto a otras dos mujeres hacia Matagorda, lugar donde se encontraba su marido, el sargento James Reston, una vez en el baluarte sería durante los dos días del ataque final francés cuando exhibiera su intrépido espíritu.
Además de atender a los heridos, llevaba bolsas de arena a las baterías, cargaba munición, les suministraba a los artilleros vino y agua, rechazando protegerse en los barracones, siendo incluso de las últimas personas en abandonar el castillo, con su hijo en brazos y entre el fuego enemigo.
En agosto de 1843 sale publicado en el Glasgow Citizen un interesante artículo que menciona las heroicidades de la señora Reston, escrito que sería luego reproducido en The Times. A partir de aquí se decide hacer una colecta por suscripción popular para que la heroína pudiera pasar sus últimos días sin problemas económicos, muestra del reconocimiento que tuvo en su nación, fruto de su heroica labor en Matagorda, reconocimiento que el tiempo se encargó de negarle aquí donde tuvieron lugar estos memorables hechos. Quizá ahora sea el momento.

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Ruinas del Castillo de Matagorda

Descripción

Al sur de la bahia se encuentra el Fuerte e San Luís, y según se va saliendo de la Bahía rumbo al norte, se halla el Castillo de Matagorda. La primera estructura del castillo de Matagorda, levantada en 1691, fue construida como un rectángulo que enfrentaba toda la ciudad de Cádiz, siendo la posición ideal para controlar tanto la entrada como la salida de embarcaciones de la Bahía.
En cuanto a su estado de conservación se encuentra abandonada y completamente en ruinas.

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Vista de las ruinas del Fuerte de Matagorda, con el aljibe en primer plano y Cádiz al fondo.

Datos históricos

Los Castillos de San Luis y de Matagorda protegían el acceso a la bahía desde Puerto Real. En un principio los españoles los controlaban todos, y gracias a ellos impidieron que la armada de Rosilly abandonase la bahía de Cádiz en 1808, no quedándole al almirante francés más remedio que rendirse tras una breve confrontación.
Sin embargo, a principios de febrero de 1810 las fuerzas francesas llegaban a las orillas de la Bahía de Cádiz, y tanto estos fuertes como otros acabaron cayendo en manos francesas. Para abril de aquel año solamente en las posiciones más cercanas a la Isla de León ondeaba el pabellón español.
Cuando estas dos fortificaciones cayeron en manos de los franceses, desde ellas se bombardearían lo que hoy conocemos como la parte nueva de Cádiz o Extramuros. Su principal objetivo era el Castillo de San Lorenzo del Puntal, la mejor fortificación de la zona.

Hace más de 50 años que don Antonio Muro nos dejó el dato histórico: Aparte de la famosa barca del Río de San Pedro, “la Real Villa tenía otra Barca para el pasaje desde la Matagorda a Cádiz. Recuérdese que el castillo de Santa Cruz de la Matagorda estuvo siempre en término de Puerto Real. Noticias de esta otra barca las conocemos por la Real Provisión dada en Córdoba el 25 de Abril de 1485, inserta igualmente en el referido registro del sello simanquino, donde se ordena a Juan de Zuazo “cuyo es el castillo de la puente de Zuazo” que no ponga obstáculos para este pasaje” (Muro Orejón 1961, pp. 20–21; Catálogo del Registro del Sello. Tomo IV (1485 – 86), asientos 863 y 855).

Este dato es muy importante para poder valorar en su justa medida la importancia de senderos y cañadas que discurren por la península de El Trocadero, en la actual urbanización del Río de San Pedro, o por la zona de La Algaida, en el Parque Metropolitano Marismas de Los Toruños y Pinar de La Algaida. Incluso es muy relevante para entender la historia de la vecina localidad de El Puerto de Santa María. La existencia de dicha Barca que unía Cadiz y Puerto Real implica que un viajero que venía por “tierra” por ejemplo de Jerez de La Frontera o la poderosa Sanlúcar de Barrameda, debía de plantearse la siguiente cuestión antes de dirigirse a Cádiz: ¿Tomo el Paso de Jerez por el Puente de La Cartuja y evito los “peajes” de las barcas del Guadalete, el San Pedro y Matagorda, o me sale mejor pagarlos por la distancia y el tiempo que me ahorro?. Si optaba por tomar el paso desde El Puerto de Santa María, había acortado bastante distancia. Si además tomaba la Barca de Matagorda, llegaba a Cádiz en menos de la mitad de tiempo que aquel que seguía el camino viejo, denominado del “arrecife”, que sale de la zona del Barrio Jarana y llega al principio de Cádiz, que por entonces comenzaba en el Puente de Zuazo, siguiendo el antiguo trazado de la antigua N. IV hasta llegar a la zona de El Barrio del Pópulo, que por cierto era todo Cádiz Medieval.

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