‘Un camposanto sin epitafios’

Miguel ángel lópez moreno. Autor de ‘un camposanto sin epitafios’

“Existía curiosidad por saber más del Cementerio de San Carlos”

El investigador ha dedicado tres años a descubrir la verdad del Cementerio de los Soldados, donde descansan oficialmente más de 5.700 personas

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Miguel Ángel López Moreno posa en los terrenos abandonados del Cementerio de San Carlos.

Amaya Lanceta san Fernando | Actualizado 23.05.2016 – 07:21

El patrimonio de San Fernando es ingente. Hay elementos, sin embargo, que escapan del conocimiento de los ciudadanos porque las circunstancias que se sucedieron, voluntaria e involuntariamente, llevaron a su olvido. Ocurrió con la zona de polvorines de Fadricas, cuya vinculación hasta 2001 con la Armada, había tapado su riqueza arquitectónica e histórica. En 2003 Miguel Ángel López Moreno se encargó de redescubrirla con su publicación La heredad de Fadrique. Ahora con su nuevo trabajo Un camposanto sin epitafios. Anotaciones para la Historia del Cementerio de San Carlos desvela los secretos de este lugar que el juicio popular reconoce como Cementerio de los Ingleses.

“En algún momento alguien cometió un equívoco y en lugar de refererirse a él como Cementerio de los Franceses, lo hizo como Cementerio de los Ingleses, cuando es totalmente imposible que se enterraran allí a soldados protestantes, que fueron llevados al depósito general de Casa Alta, aunque se reservó para ellos una parcela amurallada ya que eran considerados herejes”, expone el investigador sobre el origen de este error, que fue repitiéndose hasta convertirse en costumbre, y a partir de entonces en una verdad asumida. Un capítulo del libro está dedicado íntegramente a la cuestión.

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El Cementerio de San Carlos, como debería llamarse por haber sido el camposanto del hospital del mismo nombre, y por supuesto por su ubicación, “en el extremo más alejado de la población de San Carlos, como establecían las normas de la época, donde los fluidos cadavéricos no se filtraran a las aguas ni las miasmas llegaran por el aire al pueblo”, surgió como lugar de enterramiento de los soldados franceses que morían en el hospital de San Carlos. Éste se había creado, para atender, como el de Segunda Aguada en Cádiz, a los prisioneros de las batallas de la Poza de Santa Isabel (en la Bahía) y de Bailén. “En 1808 se produjo el episodio de los pontones, que narra muy bien Lourdes Márquez”, ofrece como apunte el autor para hacer entender los acontecimientos en los que está envuelto el nacimiento del cementerio. Hacinados en esas cárceles flotantes y con escasas provisiones, se abrieron estas dependencias hospitalarias para cuidar a los enfermos y mejorar su salud. Quienes fallecían en el hospital isleño eran enterrados en esa parcela de la zona de La Casería.

Cuando las tropas del mariscal Victor sitiaron Cádiz y La Isla en 1810, los prisioneros del ejército napoleónico regresaron a esos barcos-cárceles. Los heridos españoles que defendían el frente contra las tropas enemigas tomaron su sitio en el hospital y, los fallecidos, en el también conocido Cementerio de los Soldados. Junto a algunos civiles, durante el siglo XIX sirvió para que descansaran los soldados que morían. “Se abandónó en 1911, concretamente el último fallecido registrado es de septiembre de ese año”, añade el historiador.

Entra a partir de entonces en la espiral del olvido, “y no es por voluntad sino por esa falta de uso”, que se explica por la reducción de la mortandad en los cuarteles,que mejoraron sus condiciones. “Económicamente es asumible enterrar a los soldados en el cementerio municipal”, reconoce Miguel Ángel López Moreno.

Su cálculo es que en el camposanto de La Casería hay algo más de 5.700 enterrados. De ellos 313, con nombres y condición militar, son franceses. Un total de 905 españoles se enterraron entre 1910 y 1812 “mientras la zona sufría el asedio francés y se debatía la Constitución”. Además, aunque no hay indicios oficiales de que allí estén los restos de republicanos fusilados entre verano del 36 y febrero del 37, sí se conocen testimonios que apuntan a este lugar. El autor así lo indica en el libro.

La relación oficial de personas enterradas viene recogida en un anexo de los Libros de Defunciones del Hospital de San Carlos, “que está a disposición del público en la Vicaría General Castrense, de lo que supe por Juan Manuel García-Cubillana”. “Pude tirar del hilo de la madeja gracias a él”, asegura, por lo que su investigación no ha sufrido grandes dificultades, más allá de tener que desplazarse para acudir a la fuente: “Han sido tres años de investigación, de consulta en los archivos locales, de ir al Viso del Marqués al Archivo Nacional de la Marina y a Madrid al Archivo del Museo Naval”.

La accesibilidad de esas fuentes contrasta con la situación previa que había observado: no había historiografía previa. “Juan Torrejón dedicó su tesis a la población de San Carlos. Juan Manuel García-Cubillana ha estudiado el hospital de San Carlos. Pero no había nada escrito de su cementerio y pensé que era interesante hacerlo si podía aportar cosas”, desvela Miguel Ángel sobre uno de los motivos que le llevó a esta aventura. La otra, entrelazada, es el interés que este espacio despierta: “Existía curiosidad por saber más del Cementerio, porque había poco conocimiento, pero erróneo”.

Parece que el investigador tiene el don de la oportunidad cuando opta por trabajar sobre un tema. Cuando comenzó a hablarse en la ciudad de los planes urbanísticos que había para los terrenos de los polvorines de Fadricas, López Moreno había escrito un libro sobre este espacio e insistió en su valor para defender la necesidad de conservarlo. Ahora vuelve a señalar otro sitio histórico de la ciudad al que hay que mirar para que no se pierda, y a punto ha estado por la caída de parte de sus muros. No sólo eso, “hay un trato implícito, el militar pone su tiempo, se aleja de su casa , ofrece su esfuerzo y a cambio se le reserva un sitio donde descansar para siempre. No se está cumpliendo”, advierte.

Su trabajo para que la memoria no se olvide quedará para siempre en el papel de Un camposanto sin epitafios, una obra que el mismo se ha editado. “Hubo la posibilidad de tener la ayuda del Ayuntamiento, pero no me gustaba la idea de utilizar dinero público”.

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