No siempre llueve a gusto de todos

editorial

Semana Santa económica

Información ……… 19/04/2014 17:25

  Se mire como se mire y se cuente como se cuente, está claro que la Semana Santa de La Isla es la fiesta por excelencia en lo que se refiere a vitalizar un centro urbano que lleva demasiados años  de capa caída. Es verdad que hay otras celebraciones de distinto carácter que también actúan como motor de la economía, pero ninguna dura una semana y por ende, ninguna se ha convertido en un periodo vacacional oficial, esto es, que propicia el movimiento de personas.

Sin entrar a valorar lo que la Semana Sana supone para los hoteles, entre otras cosas porque el caso del hotel Bahía Sur es un galimatías incuantificable y porque el minibasket es desde hace diez años un factor positivo que impine no obstante realizar un balance preciso, lo que está claro es que esta semana saca a la gente a la calle y eso, ya de por sí, es una potencial activación de la economía. Que gasten menos o más es otra cosa, pero lo cierto es que desde casa es desde no se gasta.

Es verdad que existe otra fiesta de cuatro o cinco días, que es la Feria del Carmen y de la Sal, pero se desarrolla en la Magdalena, en terrenos económicamente de nadie. Y que está el verano, que siendo como es San Fernando una ciudad costera debería repercutir positivamente en la economía. Pero también está la playa a cinco kilómetros, no cuenta con infraestructuras que suponga un valor añadido a su virginidad y los responsables municipales y comerciales no son capaces de articular una oferta capaz, no ya de sacar a la gente a las calles por algo más que el calor que hace en las casas, sino ni siquiera evitar que se marchen a otras localidades.

El único problema que tiene la Semana Santa es que se celebra en primavera, con el tiempo cambiante, y no siempre llueve a gusto de todos. Pero por lo demás, la realidad es clara y contundente.

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Cariñosamente.

Adelaida Bordés Benítez – Hablillas

El coqui y la sultana

Adelaida Bordés Benítez………….. 21/04/2014 00:45

  La Semana Santa que hoy termina ha sido una de las más claras y calurosas que hemos vivido. Así lo han recogido todos los noticiarios que a propósito o casualmente se nos han colado por los sentidos de la vista y el oído. Todos hemos disfrutado de este buen tiempo aunque a destiempo por este rincón del sur y nos ha servido para dejar a un lado lo que nos ronda desde hace unos cuantos años y sin atisbos de enmienda.

Por eso, los periódicos de mañana, además de las noticias de siempre incluirán curiosidades como una breve estadística orientativa de la ocupación hotelera, los consiguientes ingresos en hostelería, las toneladas de cáscaras de pipas recogidas y, en este caso y en La Isla,  la recuperación del “carrillo” porque solo ha sido uno el que se ha paseado por nuestras calles atestado de sultanas y coquis. A modo de antiguo puesto de helado, con toldillo y faldilla, ha vendido estas golosinas que, de niños, nos endulzaban la espera de la procesión, golosinas que, a buen seguro, desconocían muchos chiquillos de los que hoy caminan de la mano de sus padres.

Nos preguntamos si les habrá gustado, si su paladar habrá soportado la dulzura casi empalagosa de la crema o los débiles tropezones del coco en la torta, si habrán echado de menos la picadura de los “peta zeta” o la suavidad de las “esponjitas”. El caso es que muchos de ellos contarán esta aventura cuando comience el último trimestre escolar, cuando el coqui y la sultana formen parte, junto con la bola de cera, de la Semana Santa del año que viene, porque ya están en su recuerdo. Y es que este rescate, el hecho de vender estas golosinas de forma ambulante tiene la lectura de ingenio emprendedor. Un romántico lo llamaría picaresca por la originalidad de la ocurrencia, por la oportunidad de esta recuperación, por el momento elegido para llevarla a cabo. Si además ha tenido éxito, pues el autor sale del paso de forma airosa, incluso aplaudido por semejante desafío.

Desde hace un tiempo el pequeño negocio elige la venta de ropa y objetos usados como novedad. Sin embargo se vuelve a los comienzos pero con la repetición como arma. Si damos un paseo por cualquier ciudad contaremos por pares las fruterías, las peluquerías y los bares de tapas. Es por lo que se impone y se pone a prueba el ingenio, porque el futuro es desalentador, tan oscuro como incierto y esta incertidumbre revolotea a nuestro alrededor zumbando machaconamente, haciendo tambalear nuestro propio equilibrio.

Este futuro tiene todo el cariz de tener que vivirse con la picaresca en una mano y la picardía en la otra, porque la sociedad se está volviendo pícara. Pero no nos confundamos, no es aquella alegre y esperanzada de las novelas. El pícaro de entonces era burlón y le bastaban unas uvas y unos buches de vino que rapiñar para ir tirando. El pícaro de hoy no es pillo ni bribón, es perspicaz y un tanto dramático porque lo ha perdido -o le han quitado- casi todo.

La situación que actualmente nos ahoga empezó hace unos veinte años, una bolita que ha ido creciendo con el tiempo y sigue. Por eso este pícaro ejemplar, peculiar y único adopta el mejor sentido de la palabra, el que alude a echar mano de la imaginación para causar admiración y sorpresa, como todo lo nuevo. Y la vuelca en el papel impreso y recortado que ofrece al viandante, en esa mesa que coloca en la esquina con objetos curiosos y, emulando al romántico, en ese carrillo que adorna para vender las sultanas y los coquis que rescató de sus recuerdos y que ahora endulzarán los de quienes los han probado por primera vez esta Semana Santa clara y calurosa. Cariñosamente.

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Poner al día los diez deditos

Paco Melero – El Loco de la salina

Los dedos

Paco Melero……………… 21/04/2014 00:47

  Definitivamente estamos asistiendo al nacimiento espontáneo de una generación cuya mejor seña de identidad es la inmensa habilidad que posee manejando los dedos. Yo creo que, si algo define a los niños que nos están tomando poco a poco el relevo, es la destreza que muestran con esas extremidades de las manos que todos llamamos dedos, aunque algunos dicen que son dátiles. Hasta ahora pensábamos que teníamos los dedos casi de adorno y desde luego para comer.

En este manicomio los utilizamos para multitud de cosas, desde sacarnos las cerillas de las orejas hasta moverlos ágilmente para rebañar los platos cuando son de nuestro gusto. Sabemos que el pulgar sirve para apretar las tachuelas, para hacer autostop y para levantarlo en señal de que todo va bien; que el índice sirve para señalar, aunque dice un proverbio inglés que “cuando apuntas con el dedo, recuerda que tres dedos te señalan a ti”; que el dedo corazón vale para decirle al vecino que nones y para otras cosas más placenteras; que el anular se emplea para llevar el anillo y que el meñique es el más pequeño de la reunión, el que se encontró un huevo para que al final se lo comiera el gordo.

También conocemos que levantando el índice y el meñique y bajando los demás ofendemos gravemente al prójimo haciendo alusión a los adornos que nadie desea llevar en la cabeza. En fin, que la humanidad iba tirando y defendiéndose con esos diez pedacitos de carne revoltosos y pendencieros. Lo que no sabíamos era que los dedos sirven además para otras cosas más sofisticadas. Hace pocos años nadie hubiera podido imaginar que los dedos iban a llegar a ser pieza fundamental de la posteridad, que por cierto ya es hoy, porque el tiempo vuela que es una barbaridad. Y para muestra un botón.

Mi nieta (de 4 años) me pidió el otro día el móvil y yo se lo presté para reírle la gracia de ver cómo lo abría y lo cerraba, método que se emplea para que los bebés se distraigan y coman la papilla de una vez. De pronto me pregunta a bocajarro si yo tenía una aplicación de cuyo nombre inglés no puedo acordarme aunque quisiera. Recuerdo que yo era aplicado en el colegio, pero de ahí a dominar esas aplicaciones que dice mi nieta va todo un abismo.

Le di el móvil picado por la curiosidad de conocer cómo se aplicaba en eso de la aplicación. La estuve observando. Cogió el móvil entre sus pequeñas manitas y se puso a teclear con una velocidad endiablada con los dos deditos pulgares. Luego, cuando al parecer tenía localizada la maldita aplicación que buscaba, mientras agarraba el móvil con la manita izquierda, comenzó a manejar el dedito índice de la mano derecha con una rapidez que ya la quisiera Messi en estos tiempos que corren de sequía culé. Increíble.

Me acuerdo de cuando había que ir a las academias de mecanografía a aprender a escribir a máquina. Ahora no hay que ir a ningún sitio. Parece que desde que la madre echa al mundo a una criatura, ya sale sabiendo lo que haya que saber. Es verdad que cometen faltas de ortografía, pero el que esté libre de pecado que tire la primera palabra. Después me dijo que tenía que poner al día el móvil. ¡Si ya me cuesta ponerme al día yo mismo, cómo voy a poner al día el móvil! Allí me dejó con la boca abierta y sin saber qué decirle.

Hay que reconocer, aunque nos duela, que los niños son verdaderos artistas desplegando y manejando sus propios dedos. No sabrán tocar un piano; no sabrán dar una mano al prójimo con ese apretón cálido y cercano; no sabrán pasar las hojas de un libro como acariciándolas…, pero no veas cómo manejan con sus deditos  los móviles y todo lo que se ponga por delante con su pantalla electrónica. Una cosa he sacado en consecuencia: o pongo al día mis diez deditos o me quedo para pieza de museo.

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