El tiempo entre costuras.

Adelaida Bordés Benítez – Hablillas

El maratón
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Adelaida Bordés Benítez………..26/01/2014 02:04

Cuando leemos y oímos el título de la hablilla de hoy lo relacionamos con esas carreras olímpicas que recuerdan la hazaña de Filípides al final de la primera Guerra Médica. La voz, con el tiempo, ha llegado a formar parte del vocabulario y su referencia es tan evocadora como reveladora pues alude a esos trabajos largos e intensos, sin apenas descanso. Los medios audiovisuales la adoptaron para aquellos programas monotemáticos destinados a recaudar dinero con fines benéficos.

Si bien esta idea surgió en Chile muy pronto se propagó por Norteamérica siendo Jerry Lewis uno de sus introductores y su presentador durante varias temporadas. Un domingo al año la programación se sustituía por un gran show con llamadas telefónicas, mensajes con generosas donaciones destinadas a la investigación, a la infancia en general y a sus enfermedades en particular.

Pronto la idea llegó a Francia y de allí al resto del mundo en apenas unos meses. Su programación circunstancial, su carácter extraordinario no ha limitado el término a su carácter humanitario sino que también es un recurso para captar el interés del espectador. Lo apreciamos durante las olimpiadas, los mundiales o durante los fines de semana, donde los partidos de fútbol se encadenan. Los canales peliculeros programan dedicaciones a los premios Óscar, a un director fallecido. Los dedicados a series televisivas no habían programado hasta ahora una completa, como ha sucedido con El tiempo entre costuras.

Cierto que han sido once los capítulos y tal vez por eso se ha podido llevar a cabo pero lo cierto es que ha gozado del agrado del público y, en consecuencia, de un éxito arrollador. Sabemos que en un principio el espectador, que antes fue lector de la novela de María Dueñas, se sentó con cierto reparo ante el televisor, pues no deseaba decepcionarse. Es difícil decidirse a ello cuando la novela ha ido dejando escenas, imágenes con las que uno ha creado su propia historia, cuando la ha hecho suya, cuando ha puesto cara a los personajes y color al ambiente que los rodea. 

Pasado el momento, vencido éste, la curiosidad se adueñó de aquellos ojos pegados al televisor, expectantes por ver aparecer a Sira. Tras unos minutos apareció el entusiasmo tras la sorpresa al comprobar la ambientación, la puesta en escena, el carácter de los personajes, el vestuario. Sira es una costurera que por amor deja la península para hacer su vida en Tánger. El desengaño la lleva Tetuán y allí se reinventa para salir adelante con el cariño casi maternal de Candelaria, la dueña de la pensión que la acoge; con el disimulado acoso del comisario Vázquez, quien desde su frialdad la admira profundamente; con Félix, su vecino, que le ofrece su corazón y su cultura y con Rosalinda Fox, que le da su amistad y su confianza a las que que Sira corresponde con lealtad incondicional, no sin antes contar con el consejo, aprobación y la fuerza existencial de su madre.

El conocimiento del argumento no ha mermado el interés porque tras entrar en el capítulo nocturno hemos ido buscando semejanzas, las de la historia con las nuestras, hechas a partir de las descripciones. Por eso nos ha maravillado el color, el trabajo del teñido, la mezcla del pigmento en el agua caliente  de la bañera, el arrugado y secado de la tela, sobre el fuego.

La televisión ha realizado muy buenas series pero ha dado mejores actores, excelentes trabajadores de la interpretación y el maratón es una distinción, una buena manera de reconocerlos, una atención al espectador que desde el sillón y con un solo dedo agradece emocionado poder conservar la serie sin el consiguiente desembolso.

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Que la tierra te sea ligera

Paco Melero – El Loco de la salina

 

   Anita, la del puesto

 

   Paco Melero….. 26/01/2014 02:00

Es sabido por todo el mundo que los locos, los borrachos y los niños tenemos más corazón que cabeza y que, cuando hablamos, les ponemos a las cosas más sentimiento que cerebro. Y es que somos así.

Pues bien, hace unos días se ha ido para siempre Ana, aunque para los niños que alborotábamos el barrio de la Plaza en realidad no era Ana Aragón Rendón, sino Anita, la del puesto, una de las personas más alegres que yo he conocido. Cuando me he enterado de que su vitalidad se ha marchado para siempre, unas lágrimas han rodado por mi cara y han aflorado los recuerdos más lejanos de mi infancia.

Anita, diminutivo cariñoso con que la llamábamos en lugar de Ana a secas, vendía tebeos, cuentos, botijos, cal y otras muchas cosas en la esquina de la calle San Diego, caminito de la Plaza. Uña y carne con Isabelita, su cuñada, difícilmente se podía ver a la una sin la otra, y el vacío que ahora tiene Isabelita debe ser extraordinario. También su amistad con mis padres y mi familia era grande.

Ya sé que eran otros tiempos, pero me van a disculpar que escriba sobre las personas más queridas de aquella época, simplemente porque era mi época y mi vida. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Al menos entonces yo todavía no estaba loco. Sin embargo aquel tiempo no tiene comparación con el que vivimos ahora, lleno de agonía por tener cosas en nuestro poder.

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El puesto de Anita en el barrio de la Plaza

Entonces sonaba exclusivamente la radio; la televisión no existía, los niños jugábamos y vivíamos en plena calle sin temor a los pocos coches que circulaban por aquellos chinos resbaladizos y sin esa ambición por los últimos inventos de la tecnología punta. La Plaza florecía. Los carros llegaban cargados de verduras procedentes de Chiclana, y los pavos por Navidad se amontonaban en la entrada del mercado central. Los niños jugábamos al coger, a los trompos, a la piola, a las cuatro esquinas…, según tocara, ajenos a la falta de libertad que imponía la dictadura.

Entrar en el puesto de Anita, enfrente de Emiliano, el barbero, era como un empuje que le dábamos a la imaginación fantástica de la que gozábamos en nuestra infancia. Circulaban los cuentos del Capitán Trueno, el Cachorro, Roberto Alcázar y Pedrín….Mi hermano el Liqui y yo nos poníamos muy contentos cuando Anita nos decía: Acercaros a Correos a recoger un paquete que estoy esperando y lo traéis cerrado; no lo vayáis a abrir hasta que estéis aquí. Y nos daba un papel que llevaba un sello muy raro con un redondel en negro que lo hacía más misterioso. Insistía por última vez en lo mismo hasta que los dos, sabiendo que se trataba de un paquete lleno de cuentos, nos lanzábamos desapareciendo cuestecilla abajo.

Allá íbamos por aquel paquete que venía como llovido del cielo y Varela se ponía las manos en la cabeza temiendo que algún coche nos atropellara. Nada más volver al puesto de Anita, ella lo abría y nosotros esperábamos impacientes que aflojara las cuerdas que los atrapaban. Éramos los primeros niños del barrio que lográbamos tener entre las manos aquellos cuentos fantásticos recién llegados y eso nos parecía un privilegio inmenso y nos llenaba de orgullo. Ella nos observaba detrás del mostrador. Nosotros leíamos los cuentos en el cierro y de vez en cuando la cara de Anita se llenaba de una amplia sonrisa de satisfacción por hacernos felices al menos un ratito.

El tiempo pasó rápidamente y tuvo que tragarse las lágrimas de la muerte de Pepe, su marido, y de su cuñado Eusebio. Pero no es momento de recordar cosas tristes, porque eso no podría compaginarse con la alegría que salía de ella. Lo he sentido mucho y contigo, Anita, la del puesto, se ha ido una parte importante de mi vida. Gracias por todo, un besito y que la tierra te sea ligera, como decían los romanos.

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