Elogio de lo cotidiano

SAN FERNANDO

  • El Centro de Exposiciones y Congresos de San Fernando muestra por unos escasos días una cumplida colección de la obra más reciente del joven pintor.

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‘La familia’, óleo sobre lienzo.

Manuel Caballero | Actualizado 30.11.2012 – 09:13

Bajo el título Elogio de lo cotidiano y en el Centro de Exposiciones y Congresos de San Fernando, muestra por unos escasos días una cumplida colección de su obra más reciente el joven pintor Eduardo Martínez. Las obras evidencian varias cuestiones. La primera de ellas: el absoluto dominio del medio que posee el artista. Tiene oficio, lo sabe y lo demuestra. Pero sabe también que eso no es suficiente. Con oficio se entra en las casas de los convecinos, con lo otro, en la Historia del Arte. ¿Qué es “lo otro”? Pues es ni más ni menos olvidar las fórmulas, tan halagadoras, tan bien pintadas, tan plenas de efectos (gran peligro éste; marasmo en el que caen, desde uno u otro acantilado pintores con poca auto-exigencia) y, olvidado ello, atreverse a hacer lo que a uno le viene en gana.

Aquí, en esta exposición, lo mejor surge, cuando el artista, para crear, no mira hacia fuera, hacia el fácil halago. Lo mejor se levanta, como imagen inolvidable, cuando el pintor se aísla, se asola, se olvida de todo, y se enfrenta a su propio yo, no con las armas y la seguridad que otorgan el oficio, sino con la valentía de quien mira más lejos, con la rotunda afirmación del que sabe el exacto valor de lo que hace.

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‘Diadúmenos’, óleo sobre lienzo.

Lo mejor, entonces, aquí se desliza y palpita en varias obras, la primera de las cuales es un lienzo de gran formato titulado La familia. Sobre un fondo indeterminado que sugiere una lejanía de paisaje, se nos aparece lo que podría ser el estudio del pintor. Todo el color, muy empastado se resuelve en tonos opacos y densos. Dos figuras y dos animales se distribuyen en una composición triangular. El eje vertical es un autorretrato: el artista, vestido con un mono de pintor industrial y portando los útiles de su arte, paleta y pincel, mira hacia el exterior del lienzo, tal vez hacia la obra que está pintando, no pintándola, sino examinándola o pensándola. El mejor cuadro de toda la pintura española muestra también al creador (Velázquez) pensando antes de hacer. Idea que determinará la Acción. Pero aquí, la propia manera de representarse del artista, su mono de obrero manchado por el uso, su actitud expectante, nos advierten de que el que piensa ya se ha batido suficientemente con la materia, como para que ésta deje sus huellas, haciendo las Ideas visibles. Es entonces, aquí el artista, el-que-piensa-y-hace.

Junto a él, sentada en el suelo una figura femenina adopta una actitud más reflexiva. Está vuelta hacia sí misma y teje una pieza de punto. Espera. Y sabe que su espera le exige sosiego. Dos gatos cierran la composición. El más lejano mira, tal vez desconfiado, al espectador que se ha introducido en una escena íntima sin ser invitado.

He aquí, en otro cuadro, otro personaje sentado en el suelo. Se trata del Retrato del pintor Guela. Nada, absolutamente nada, hay aquí de halagador… como no sea el vibrante color verdoso del fondo. Un hombre maduro, descalzo, tiene entre las manos lo que parece una concha de nácar. Junto a él una caja lacada y sobre ella un reloj antiguo plateado. La elegancia del color y la suavidad con que está aplicado no puede hacernos olvidar la soledad que pesa sobre este hombre con gafas y sucias las plantas de los pies. Sin duda sea esta la mejor, mas sincera, más austera y más noble de cuantas obras integran la exposición. Posiblemente habremos de reconocer algún valor simbólico a los objetos que acompañan al solitario y a su propia actitud. No tiene en cuenta, ni creo que le importe, la mirada del espectador. En ese “castillo interior”, no entra nadie. Solo el desolado discurrir del tiempo, que es su hábito y su defensa. Nada indica su condición de pintor enunciada en el título del cuadro, en cuya composición triangular ni sobra ni falta nada.

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‘Retrato del pintor Guela’, óleo sobre lienzo.

Discurra también la mirada del discreto por otras obras en las que se plasman, de igual manera, lo mejor, como arriba se dice, del artista. Fíjese en el Diadúmenos, cuya cinta, que era con la que los atletas helenos ceñían sus frentes, le ciega y aprisiona el rostro o en otro lienzo de tema más amable y de libérrima factura: La Costurera, en el que vemos a una joven inclinada sobre su extensa labor, y que levanta la mano alzando aguja e hilo, con gesto tan definido y expresivo que estaríamos a punto de identificar a la muchacha como una de las Parcas que tejen y destejen la vida de los hombres.

Sirve también esta espléndida, aunque breve en el tiempo, exposición, para en otro orden de cosas llamar la atención de quien corresponda sobre la fecunda actual floración de la pintura en esta ciudad. Un caudal que bien estudiado y difundido puede ser incentivo atrayente que dinamice la vida cultural de la urbe y su entorno. Son citas como ésta, que con necesaria brevedad comentamos, las que dan, y no otras, prestigio a una institución. No es la cantidad sino la calidad lo que, en definitiva, importa. El arte es lo que queda y la ciudad que se mira en sus artistas construye, de una especial manera, un futuro de más extensas perspectivas. Así pues, es necesario felicitar a los organizadores de este evento, animándoles a continuar con un programa de exposiciones cuyo interés y excelencia estén a la altura de esta. Material tienen a su disposición. Sea.

 
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